Cada vez que vuelo en avión, me fascina despegar, sentir, como el avión se eleva y empieza a subir, volar entre las nubes, navegar en su mar, caminar entre sus campos de algodón, a veces puedo imaginarme bailando entre sus pliegues y poco a poco sentir como el mundo se va haciendo pequeño como si estuviera a mis pies. Pero he de decirte que nunca he necesitado sentir el mundo a mis pies, prefiero sentirme una con él, entremezclándome con su tierra, con su agua, con su gente.
Y mientras el mundo desaparece y solo se observa una capa blanca, una mirada de baja resolución, me envía sus destellos de sombra, mi sonrisa no alcanza a relajar su expresión. Desconfiada y sola, esa mirada que ahora me intimida, se refugia en su frialdad, e inerte se desvía oblicuamente hacía el compartimiento de al lado. Después hastiada por lo que no percibe, se cierra y nuevamente la oscuridad debe reinar en su mente y en su corazón.
Creo que las miradas son libres y los corazones también, por eso mi mirada respeta su elección y decide enviarle el calor en la intención. Entonces como si le hubiera traspasado a través de la piel de sus párpados, abre los ojos, me mira fijamente y una sonrisa cálida enmarca su rostro y recibo sus destellos de luz.
Ahora suavemente me dejo vencer por el sueño, nuestras miradas se han hecho amigas, por eso se respetarán con discreción, ya la paz reina a mi alrededor, mis letras entran en un dulce letargo.
Brisa Urbana.