Tocando techo me tropecé con tus pies, y tus pies me cogieron de la mano, y mi mano te sonrió mirándote a los ojos.
Y tus ojos me hablaron en un idioma que no conocía pero que extrañamente entendí.
Y al terminar nuestra conversación sin palabras, bebí de tu alma, porque mi alma tenía sed y tu sabor a miel me alimentó, con la solidez que alimenta el calor al fuego, de ese fuego abrasador que sin embargo no quema.
Y con el reflejo de esa luz pegada todavía a mis cabellos me miré en el espejo y mi figura invisible me sorprendió por su belleza.