
Me gusta gustarme, por eso suelo elegir cuidadosamente mi lencería, esas prendas que me llenan de sensualidad tan solo al recordar que las llevo puestas. Me ayudan a sentirme segura, no importa que cualquiera no pueda verlas, estoy convencida que hay algo que hace que transciendan más allá de lo que las miradas que me ven puedan llegar a adivinar a través de las transparencias de mi blusa.
Influyen en mi manera de mirar, de sonreír, de caminar, de seducir, son como un secreto, como un juego prohibido, como vendar los ojos a alguien para que pueda adivinarme, reinventarme a través de su piel, de mi piel.
Lo mismo me sucede con los pensamientos, cada vez los elijo con más detenimiento, los visto de belleza, de calor, de amor, de confianza, de serenidad, de verdad y aunque parezca una simpleza, funciona. Es como si por encima de la mirada que me escucha y me contempla, pudiera sentirme tranquila, en paz conmigo misma, y atractiva por dentro, y en ese instante no me importará que nadie pudiera desnudar mi interior y descubrirme por dentro más allá de mis propias palabras.
Brisa Urbana